Siendo el dibujo la columna vertebral del realismo, no es extraño que este se considere como punto de partida para una obra plástica, ya que proporciona el trazo y la línea que definirán las formas para el surgimiento de la obra de arte.
La creación como forma de expresión tiene diferentes vertientes en el discurso plástico, para cuchilla el sujeto y el objeto convergen para conjugar el verbo de lo real. Cuchilla plasma una narrativa compleja didáctica a fin de vislumbrar las posibilidades infinitas de lo humano.
La figura humana con su fluidez de movimiento intencionalmente estático y precisión lineal y muscular, se guarda el privilegio de mito y espíritu manteniendo con exclusividad el papel de protagonista. Lo cúbico y lineal tanto en sus formas como en enmarcados; y lo material, objetos de la vida cotidiana que el incorpora en sus pinturas, brinda la contraparte que entablan una relación personalizada entre la intuición subjetiva con lo externo.
Por todo lo anterior Cuchilla agita nuestra conciencia con una técnica depurada y sencilla, mezclando la candidez y la espontaneidad de los infantes frente al agotamiento moral del ser humano, hendido en una urbe corrupta y rutinaria; y estancado en un ritmo vertiginoso y hostil que nos impide anhelar un mundo mejor.
Los paisajes urbanos son el reflejo del desconcierto humano, de la desidia y la corrupción física y moral a la que estamos sometidos diariamente. Los niños simbolizan el ímpetu entusiasta y sincero que nos ayudarían a alcanzar la felicidad y a mejorar nuestro entorno social. Son las fragmentaciones de esperanzas que se esconden detrás de las sonrisas y los gestos francos de los personajes de Cuchilla.
Antonia García Prieto